12:04 h. Martes, 28 de enero de 2020
FILOSOFIA

Apuntes sobre el patán.

Hace muchos años, un canal televisivo del país transmitía, en horario vespertino una serie animada (muñequitos) titulada, si mal no recuerdo, La carrera de los autos locos, entre cuyos corredores resaltaban la bella Penélope  y el más tramposo de los corredores, Penny Laguna(creo que así se llamaba), este último acompañado de su fiel copiloto Patán, un canino que no hacía más que disfrutar de los fracasos y maldades de su amo. Cada vez que el "malvado"Penny  Laguna ejecutaba  una de sus trampas, el nombrado can emitía una risa tan peculiar que el televidente se veía provocado a la hilaridad; pero no sólo reía celebraba las perversidades de su amo sino, también, el fracaso.

Prof. José Flete Morillo  |  26 de noviembre de 2014 (10:10 h.)
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Cada vez que recuerdo estos dibujos animados, en especial la figura del "can que ríe", soy remitido a aquellos personajes cuya vida se cimenta sobre la tarea de fastidiar a los demás. Son cómplices de cuantas truhanerías sucedan; se ríen de las maldades que hacen aquellos a quienes se alían y, como si fuera poco, algo muy típico de su desproporcionada manera de ver las cosas, hacen de estos baluartes de moralidad y rectitud, cuando en realidad fueron todo lo contrario.

 El patán se regodea en sus groserías. Los ideales, las virtudes y cualquier cosa que remita a algún ideal o beatitud son considerados por él como meras ramplonerías y como si fuera poco se ufana de excrementar sobre ellas. Es un verdadero grosero. Cuando  percibe que alguien siente respeto por algún ideal o persona proclive a ello, teje en su contra todo un discurso con miras a ridiculizarlo.

 El patán es feliz porque se sabe despreciado. Y como está consciente de esto se enfoca en aliarse a sujetos cuyo ideal se reduce a un vaso de cerveza o, como mucho, a un simple plato de comida. Sus amigos no son los que persiguen las virtudes, por estos siente un profundo desprecio; los tolera porque no tiene otra opción, pero, si pudiera los desaparecería en un santiamén. Sus verdaderos amigos son aquellos para quienes la desvergüenza es un chiste y el escamoteo un mérito.

El patán es osado, atrevido. Tiene unas ocurrencias que cualquier persona con dos dedos de frente, en su lugar, sentiría profunda vergüenza. Tan lejos llega su osadía que se atreve a pedir que se honre la memoria de estafadores, malhechores, violadores y proxenetas alegando que "alguna vez extirparon las pulgas" del perro de algún vecino. Pero eso no es todo, es tan creído que considera que semejante pedido es el "mayor logro de la historia". Y se atreve a ofenderse si alguien objetare su solicitud (en estos casos lo mejor es seguirle la corriente y dejar que sea el tiempo que se encargue de inducirlo al olvido).

 La felicidad del patán es hiperbólica. Se ríe de todo, no porque sea feliz sino porque su tozudez no le permite entender el drama que ante sus ojos se desarrolla. Se ría tanto del decapitado como de la madre que llora la muerte de su hijo. Se ríe de cualquier desastre, sin importar lo dramático del mismo. El asunto es reír y hacerse el simpático cuando en realidad  no deja de ser un maldito pesado y ridículo que no ve más allá de su nariz. Es exageradamente insuperable. Es él con y sin sus consecuencias. Es extremadamente feliz porque no sabe el valor de las cosas sencillas ni de las cosas extremadamente comprometedoras. Es un vulgar trepador y punto. 

Una recomendación. El patán es peligroso, no por lo que es ni por lo que hace sino por su comportamiento: aparenta tener pudor, educación y comedimiento; incluso, finge compromiso en las cosas que así lo demandan; pero en realidad es un impúdico y un vulgar mentiroso. De las cosas serias hace una comedia y de las rastrerías un estandarte para el que exige tributo e imitación.