12:01 h. Martes, 28 de enero de 2020
FILOSOFIA

Es dulce contemplar desde la orilla al desgraciado que se ahoga en el mar

La vida humana está llena de situaciones absurdas. Dice Albert Camus en “El mito de Sísifo” que no es posible escribir la historia de la felicidad sin verse tentado a escribir ahí mismo la historia del absurdo. La felicidad y el absurdo andan junto.

Las mentes infantiles y febriles se sentirán molestos con la reflexión que nos proponemos realizar. Pero la reflexión filosófica, como las verdades del arte no admiten medias verdades, ambos saberes exigen autenticidad en su quehacer.

Prof. Eulogio Silverio  |  12 de junio de 2015 (20:12 h.)
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Eulogio Silverio_Presidente_FaprouasdEl jueves pasado asistí al sepelio de una señora del municipio de Constanza, socia de nuestro grupo cooperativo. Como Presidente del grupo tenía la obligación de acompañar a los familiares. La noticia de su muerte me impactó profundamente por las circunstancias absurdas en que se produce. Llevaba varios años luchado titánicamente contra un cáncer, que finalmente cedió después de muchos tratamientos. Sus médicos, en Santiago, le informaron que estaba libre de cáncer, pero como personas prudentes quisieron confirmar estas buenas noticias realizando exámenes más avanzados en Santo Domingo.

 Así lo hicieron, realizaron todos los estudios de lugar y el miércoles 25 de junio subió una comisión de sus familiares conjuntamente con la pastora de su iglesia a buscar los resultados. Efectivamente recibieron la confirmación de que el cáncer había desaparecido. La imaginación no nos alcanza para comprender su felicidad ante tal noticia.

De regreso a casa.

Llenos de alegría, iniciaron el viaje de regreso al municipio de Constanza, pero cuando llegaron a la entrada de Constanza, la pastora que venía sentada del lado de la puerta del vehículo que los transportó, propone a nuestra socia, cambiar de asiento para estuviera más cómoda. Así lo hicieron y comenzaron a subir la loma entre canticos y alabanzas, pero cuando llegaron al alto de la virgen, la puerta se abrió y nuestra amiga se cayó y murió momentos después.     

El cementerio.

Cuando llegué al cementerio observé la multitud amontonada en torno al féretro, todos querían ver, todos querían ser parte de ese último momento, todos querían ser parte del evento. Por un momento no comprendí la mecánica de aquel extraño  comportamiento. Pero luego recordé las letras del merengue de Eladio Romero Santos, “La muerte de mi hermano”, cuyas letras dicen así. “Cuando supe que mi hermano murió, a mí mismo me dio pena de mi, pero al mismo tiempo yo me conformé, porque yo también tengo que morir. …Tristeza tan grande la que yo sentí, saber que mi hermano tenía que morir. Que había muerto Emilio, la gente diecia, mentira que está, vivo todavía.”

El merengue expresa el sentimiento contrario que se nos presenta al saber de la muerte de un ser querido, en un primer momento nos sentimos tentados a desear la suerte de aquel que ha perdido la vida, pero el instinto nos advierte de nuestra posición privilegiada, de no ser aquel.

Aquí encontramos la clave sobre el comportamiento de la gente en el cementerio, todos sienten la gran necesidad de contemplar, desde la comodidad que poseen, aquel momento frente a la tumba del desgraciado que desaparece para siempre frente a nuestros ojos, eso nos recuerda que seguimos aquí, disfrutando del aire, del sol, de la vida, de nuestra buena fortuna.

La muerte de otro recuerda nuestra buena fortuna.

En el momento en que se produje el fatal accidente que segó la vida de nuestra amiga, la pastora, que amablemente le ofreció cambiar de puesto, fue atrapada por un sentimiento de culpa, pensando que su acción es la causa eficiente de la tragedia. Pensó también, que quien debió morir era ella. Sin embargo, interiormente sentía una cierta felicidad por estar viva.

Posteriormente, alguien le dio un abrazo y le dijo, “Pastora, alégrate y siéntete dichosa, porque Dios te ha librado de la muerte, nada ocurre sin una razón.”  “Cuando los vientos agitan el inmenso mar, es dulce el contemplar desde la orilla los grandes peligros de otros; no porque sea un placer el ver sufrir a nuestros semejantes, sino porque es agradable el vernos libres de los males que presenciamos. …Dulce es también contemplar la disposición de los ejércitos en las grandes batallas cuando tú no estás expuesto al peligro.”