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FILOSOFíA

¿Qué es ser auténtico?

Eulogio Silverio  |  27 de octubre de 2014 (11:40 h.)
autenticidad
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 Máscara, personaje, persona, papeles, roles y mentira están íntimamente vinculados, sin embargo, esto no parece preocuparle a nadie, porque desde siempre hemos escuchado el afán que tenían nuestros padres, maestros, tíos, vecinos, sacerdotes, psicólogos, sociólogos y dirigentes sociales para que nos preocupáramos de representar bien el rol o el papel que nos correspondía en la vida.

Jean-Paul Sartre define la autenticidad como la capacidad que tiene el sujeto de no mentirse a sí mismo. Sin duda, que esta es una bella y sintética definición, pero que en realidad deja insatisfecha nuestra sed de conocimientos. Esta afirmación, como toda buena respuesta filosófica no cancela la pregunta y contrario a ello nos introduce por los caminos de nuevas y más profundas interrogantes. Para la visión sartreana aquello de no mentirse a sí mismo resulta claro y evidente. Pero, para los demás mortales el asunto no está tan claro, por cuanto se advierte que esta afirmación parte del supuesto de que el estado normal del ser humano es la mentira y que lo extraordinario, lo fenoménico, en el sentido griego, es no mentir.

Mentira y equilibrio social

Al leer este primer párrafo, el lector modelo pensará que esa falta de autenticidad, ese estado de mentira permanente, que esta definición atribuye al ser humano, está relacionado con el origen del concepto persona. Como es conocido, los griegos antiguos, observaron que la actividad que realizaba el actor en el teatro, que tenía que cambiar constantemente de máscaras o prosocron para interpretar distintos personajes, era muy parecido a lo que ocurre en la vida social, donde cada uno de nosotros está obligado a representar distintos papeles o roles. Máscara, personaje, persona, papeles, roles y mentira están íntimamente vinculados, sin embargo, esto no parece preocuparle a nadie, porque desde siempre hemos escuchado el afán que tenían nuestros padres, maestros, tíos, vecinos, sacerdotes, psicólogos, sociólogos y dirigentes sociales para que nos preocupáramos de representar bien el rol o el papel que nos correspondía en la vida.

 Recuerdo que un día le fueron con la queja a mi papá, porque yo, no le besaba la mano a una señora que me había sanado y según la costumbre me tocaba decirle mamá cada vez que la viera. Frente a una denuncia tan grave mi padre determinó que debía presentarme de inmediato a la casa de Mamá maruca, a besarle la mano por lo menos 30 veces hasta que ella estuviera satisfecha y cumplir sin falta a partir de ahí. Recuerdo que me presenté en la casa de maruca y represente mi papel del mal agradecido y arrepentido que trata de reparar el mal causado, por la falta de observación de las normas. Mientras interpretaba mi papel, me reía internamente, porque siempre me pareció que esa decisión tan teatral de mi padre, de enviarme a besar las manos atrasadas, era una forma de decir que en realidad no era una falta tan grave, como pretendían otros más radicales.

Como se puede observar, estas representaciones teatrales son las que mantienen el equilibrio social.  

La sociedad es un gran teatro

 En el mi campo, como en la vida, la cuestión de los roles sociales es un asunto muy serio y de graves consecuencias su inobservancia. Las sociedades están estructuradas a manera de un gran escenario, donde cada sujeto tiene la obligación de representar distintos papeles, durante su breve peregrinar por la vida. Al principio interpretamos el papel de hijos, de hermanos, de vecinos, de amigos, de novio, y de esposo. El rol de esposos nos vemos obligados a representarlos en varias ocasiones, precisamente porque nuestras compañeras asumen que no somos totalmente honestos en nuestra relación con ellas. La pregunta es, podemos y debemos ser totalmente honestos con nuestras compañeras, debemos ser auténticos en el sentido sartreano de no mentirnos a nosotros mismos ni mentirles a ellas. Es decir, debo contarle a mi compañera sobre aquella mujer que vi cruzando la calle y que me impresionó, debo contarle todos los detalles de mis relaciones y experiencias pasadas.  

Conciencia de sí, máscaras y rol social  

Por lo que se puede observar desde el momento mismo que tomamos conciencia de nuestra presencia en el mundo y de la presencia del otro, nos vemos obligados a asumir un rol, a colocarnos máscaras para representar personajes. La presencia del otro me roba la libertad, frente a él debo colocarme una máscara, él otro me impide ser auténtico. Dice Sartre en su obra A puerta cerrada, que el infierno es el otro.   

¿Dejamos de ser personaje para ser nosotros?  

Aceptado como un hecho los distintos roles que representamos, la cuestión ahora está en determinar el momento y la manera en que dejamos de ser personajes, que dejamos de tener máscaras para mostrarnos como somos. Momento que ha sido anunciado por Sartre como “autenticidad”. En qué momento somos auténticos, en qué momento dejamos de tener máscara, toda vez que se entiende que cada rol dejamos ver algo de nosotros, pero oculta mucho de lo que somos.

Cuando me corresponde representar el rol de hijo, frente a mi madre o a mi padre trato de interpretar el guion que mi conciencia, la cultura y la tradición han escrito para este personaje. A ellos, sólo les dejo saber la parte que me dibuja como el hijo que esperan ver en mí. Naturalmente, frente a mis amigos me comporto más liberar que con mis padres, pero nunca descuido el personaje que interpreto frente a ellos, pues conozco las cosas que les agradan y las que les  molestan y por amor a la buena amistad, nunca les dejo ver aquella parte de mí que le desagradan. Ellos hacen lo propio.

Frente a nuestra compañera sentimental, con quien se supone que hemos logrado el mayor grado de proximidad y de comportamiento auténtico, por cuanto ella conoce cosas de nosotros que nadie más conoce ni se imagina. Frente a ella, el actor que somos, se guía por las líneas generales del libreto, frente a ella tenemos que reescribir las líneas minuto a minuto. En muchas ocasiones dejamos que supuestamente, los sentimientos, los deseos y nuestros instintos más primarios se expresen sin ninguna tutela de la razón, se podría pensar que ese es un momento de pura autenticidad, pero en realidad esto es puro histrionismo. Frente a ellas, nunca dejamos que se entere de nuestras falencias físicas, nunca les dejamos saber por dónde andan nuestros pensamientos.   

 Nunca auténticos con ellas, siempre máscaras,

Nunca auténticos con ellas, siempre máscaras, pues como expresa Facundo Cabral en una de sus canciones que su madre decía que debían prohibir todos los uniformes que le daban poder a cualquiera, pues qué es un general desnudo. Cónsono con esa expresión escuché a un maestro de la plástica nacional decir, por mucho tiempo, que las mujeres sólo respetan a los hombres hasta que los ven desnudos.    

El que miente no está bien con su conciencia  

Si la autenticidad, según Sartre, consiste en no mentir, por cuanto todo aquel que miente no está bien con su conciencia, cabe preguntar, a la luz de todo lo que hemos planteado, en cuál de los roles que hemos mencionados somos auténticos, en cuál de ellos nos despojamos de las mascaras y mostramos el verdadero yo. O deberíamos concluir que no existe posibilidad de ser auténticos y que el yo verdadero es pura construcción metafísica. 

 Quién soy yo

  Hace algún tiempo alguien muy inteligente que conocí escribió un ensayo titulado, ¿Quién soy yo?, las respuestas ofrecidas por ella a esta compleja pregunta me motivaron a indagar sobre las ideas que poseían los demás estudiantes sobre este particular. ¿Quién soy?, acaso alguien está en capacidad de ofrecer una respuesta adecuada a esta  pregunta, sin recurrir a inútiles formulas metafísicas. Como suponía, antes de hacer la pregunta, la mayoría de los estudiantes ofrecieron respuestas banales, torpes y estereotipadas de esas les ofrecen los escritores de supermercado y de faceboook, sobre lo que supuestamente son los jóvenes. Por ejemplo. Soy una persona única, creada para cumplir grandes propósitos.   

Qué es el yo y cuando aparece.

 Sartre diría que el yo está determinado por la conciencia que tiene un sujeto de su propio ser en el mundo. El yo aparece cuando nos hacemos consciente de nuestra presencia en el mundo. La filosofía de Sartre parte precisamente de ese momento pre-reflexivo del “cogito ergo sum” de Descarte. Ese momento donde el individuo se encuentra a sí mismo como sujeto autónomo, pensándose y pensando al mundo.  

Conciencia de sí.

Definitivamente al momento de nacer no tenemos conciencia de nosotros mismos ni del mundo. Somos seres ahí, arrojados en el mundo en la misma condición que se encuentra un perrito, una piedra o un ave. El yo nace con la conciencia y muere con ella y a esta la adquirimos mediante un proceso tan largo que resultaría tarea ociosa determinar el momento exacto cuando tomamos plena conciencia de nuestra existencia. Sin embargo, existen rastros bastante visibles que nos permiten identificar las primeras señales de actos conscientes. Por ejemplo, cuando el niño o la niña, dice: mío, quiero, déjame, mamá, esas simples expresiones nos indican que esa cabecita ya se reconoce como algo y que además identifica algo que está fuera de él, el mundo.

 El yo.

En ausencia de una conciencia que se reconoce a sí misma, no existe el yo. El yo, es por tanto, conciencia de ser en el mundo. Ser en el mundo que, como explicamos anteriormente, es histórica, pues al momento de nacer no tenemos conciencia de nuestra existencia. Pero una vez adquirimos conciencia de nuestra existencia, nos vemos obligados a asumir roles. El simple dato biológico de nacer macho o hembra prefigura lo que socialmente se espera de nosotros. 

   Como decíamos anteriormente, los antiguos advirtieron tempranamente la relación existente entre la vida humana y el mundo del teatro.  El actor utiliza mascaras para representar distintos personajes, situación similar ocurre con la vida de cualquier ser humano. Que desde que toma conciencia de su estar en el mundo asume máscaras para representar los roles de hijo, hermano, padre, estudiante, vecino, pasajero, conductor, novio, esposo, enemigo, sacerdote, profesor, político e infinidades de roles.

Decían los antiguos que un actor que llega a identificarse tanto con el personaje que representa que lo cree real, está loco. De modo que el buen actor debe tener conciencia de que miente cuando representa. Por vía de consecuencia, todos nosotros debemos saber que al representar el papel de profesor, de médico, de jefe político o de líder estamos mintiendo, porque lo que somos no se agota en ese rol. Creer que somos auténticos a través  de uno de estos personajes es un signo evidente de locura.  

Mentir a los demás y mentimos a nosotros mismos es lo que nos mantiene sanos socialmente. Si fuéramos tan honestos como para decirle a nuestros amigos, familiares, compañeros de trabajo y relacionados las cosas que pensamos sobre ellos, en cada momento, resultaría imposible mantener vínculos sociales estables.

 Fuente: www.generationova.com

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